En una editorial reciente publicada en JAMA (2026), John D. Lantos plantea una idea que merece una reflexión profunda: la posible pérdida del “aura” del médico en la era de la inteligencia artificial.
Ese “aura” —tomando el concepto de Walter Benjamin— no se refiere al conocimiento técnico, sino a algo más difícil de definir: la presencia, el juicio clínico, la experiencia acumulada y la relación directa con el paciente.
Sin embargo, este fenómeno no surge exclusivamente con la IA.
Es el resultado de una transformación progresiva de la medicina:
• la objetivación de la enfermedad,
• la estandarización del conocimiento (medicina basada en evidencia),
• la digitalización de la práctica clínica (EME),
• y, más recientemente, la automatización del razonamiento clínico.
Desde la radiología, este proceso resulta particularmente evidente.
Hemos sido pioneros en:
• estructuración de reportes,
• sistemas de clasificación (BI-RADS, PI-RADS, LI-RADS),
• y adopción de herramientas de apoyo a la decisión.
Paradójicamente, estos avances han mejorado la calidad… pero también han hecho nuestra práctica más reproducible.
Y ahí está el punto crítico: la inteligencia artificial no está reemplazando al médico.
Está perfeccionando un modelo que nosotros mismos ayudamos a construir.
Esto nos obliga a replantear una pregunta fundamental:
¿Cuál es el valor del médico —y particularmente del radiólogo— en un entorno donde la interpretación puede automatizarse?
Tal vez el futuro no sea menos humano, sino diferentemente humano.
Y quizás nuestro rol deba evolucionar de intérpretes de datos… a integradores de contexto clínico.

Link del artículo: doi:10.1001/jama.2026.0946